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Haber vivido a escaso kilómetro y medio de
distancia del Tec trae a mi vida muchos recuerdos
que solo pocos conocemos y ahora que hay tantos
cambios en nuestra institución, adquieren para mí
una nueva dimensión.
Recuerdo cuando alrededor del Tec había una
hilera de casas de las que solo una que otra existe
actualmente, por allá por Cinépolis. Justo enfrente,
donde ahora es el estacionamiento del Pabellón,
había un estanquillo azul que se llamaba “El Toma
y Daca”, ese era uno de los pocos lugares en el que
se podía comprar verdura y dulces.
Vienen a mi memoria las tardes de la niñez que
compartía con mis amigas. Jugábamos en la
terraza y de ahí podíamos ver el semáforo que
había junto al letrero de la entrada de la ciudad. Ahí
comenzaba un Monterrey en el que todavía había
pocos caminos y muchas tarántulas. En el letrero
se podía leer: Monterrey, 1,000 000 de habitantes.
Un poquito más atrás se asomaban las enormes
farolas iluminadas del estadio del Tec, algo
completamente aislado de nuestros dominios,
que encerraban un misterio para nosotros.
¿Qué tanto pasaba ahí dentro que necesitaba
ese alumbrado? Recuerdo que decíamos: “si las
luces están prendidas, es que va a haber apagón”.
No sé de dónde habremos inventado ese mito
surrealista, pues muchas veces las veíamos
encendidas…y no se iba la luz. Es más, ¡creo que
nunca se fue!
Ahora que derrumbarán el estadio, las ideas fluyen
en mi mente y siguen llegando los recuerdos.
Una de las primeras veces que yo entré al estadio
sucedió porque mi hermana, que participaba en
las rondas infantiles, bailaría en la inauguración de
un evento deportivo grande, tal vez unos Juegos
Panamericanos o una Universiada. No seme olvida
la primera ocasión que yo estuve en contacto con
Dolores Marroquín, profesora del departamento
de Lenguas Modernas, marroquin@itesm.mx
El estadio Tec:
una película de mi vida