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aquel hallazgo. La respuesta fue que se trataba de una biblioteca
donada por un señor de la ciudad de México (Pedro Robledo)
y que no sabían qué hacer con ella pues no había espacio para
guardar los libros ni eran de interés para la Biblioteca, cuyo jefe
era el Lic. Luis Astey, ya que se trataba de libros antiguos y
de temas que no servían para consulta de los estudiantes,
los cuales requerían libros de carácter científico y
tecnológico para sus carreras de ingeniería.
Mi papá insistió en que le dejaran ver aquellos libros,
logrando que el Lic. Astey le prestara la llave de aquel
salón. Cuál no sería su sorpresa al encontrar que se trataba
de verdaderas joyas que merecían ser tratadas de forma
especial. Para ello pidió permiso de abrir las cajas e ir
seleccionándolos, clasificándolos y catalogándolos.
Un día estaba en esa interesante y retadora tarea,
cuando un señor muy bien vestido, empujó la
puerta y con aire y voz de autoridad preguntó:
¿Usted que hace aquí? La repuesta emocionada
de mi papá fue inmediata: ¡Estoy descubriendo
un tesoro!