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Enero treinta
nos convertimos en historia.
Y por alguna razón
seguimos aquí
amarrados a la memoria de los que nos amaron.
Aquélla noche celebrábamos los sueños de nuestra juventud
muchos de nosotros ya habíamos rebasado la edad de la inocencia
y aun así permanecíamos vírgenes con la vida.
Quince amigos reunidos
cervezas, cigarrillos y
una charla en común.
De repente la rabia nos encañonó
no hubo tiempo de nada.
Una lluvia de plomo que calcinó
cabezas
pechos y
piernas
llegó como un lobo hambriento
mordiéndonos el cuerpo.
Los plomos aventados nos crucificaron.
Sin aliento
ni calor en el cuerpo
María Fernanda González Rojas, /
MariaFernanda@exatec.itesm.mx
I
nvierno
en
el desierto